
-La leyenda del Santo Oculto, de José Antonio Vázquez Taín
-Ónega: “Si los hechos no fueron como Taín los cuenta, merecen haberlo sido”
El universo literario jacobeo transita de modo directo o indirecto por El Bierzo: en esta novela, La Leyenda del Santo Oculto, hay una batalla al pie de Bergidum Flavium; pero mi primera curiosidad fue otra: el autor es el mismísimo juez que ha instruido durante un año el sumario y la investigación del famoso robo del no menos famoso Códice Calixtino, sustraído por un electricista de la catedral de Santiago y felizmente recuperado en un garaje del Milladoiro. Un garaje por delante del cual paso a diario: como periodista, uno alberga la innoble esperanza de que un juez o un comisario se vayan de la lengua y cuenten algún secreto del sumario…
De modo que coloqué mi sillón de leer frente a la ventana de la primavera, “donde los trinos de mirlos y jilgueros anunciaban el buen día”, puse a mano lápices, agua, pañuelos y otras manías, y le hinqué el diente a La Leyenda del Santo Oculto [Teófilo Edicións, 2013]. Con o sin manías, he leído las 426 páginas de un tirón: la historia me fue llevando, envolviendo y, finalmente, me atrapó.
Es la primera novela del juez y contertulio vehemente de la Radio Gallega, y ahora escritor, José Antonio Vázquez Taín (Ourense, 1968), quien en su primer destino en la ría de Arousa fue azote de los contrabandistas de drogas. Como afirma Ónega en su prólogo, “Vázquez Taín sale de su armario judicial, dicho sea con los debidos respetos, y apunta un gran escritor”.
La Leyenda del Santo Oculto es una novela histórica, emparentada con El nombre de la rosa, El Código da Vinci o la recién aparecida de los hermanos Tascón, La Biblia Bastarda; con una sólida base documental que el autor maneja con soltura de medievalista, escrita con estilo fluido, a veces algo desaliñado, pero siempre ameno. Contiene los ingredientes de un clásico del género apocalíptico: guerras y luchas de poder y religión, brujería, investigación, sectas, criptas, secretos bien guardados, la Parusía o venida de Cristo, beatos y libros prohibidos, y un final inesperado que no les voy a contar.
En busca de la verdad poliédrica
La Leyenda del Santo Oculto es la historia de Ero, joven guerrero capturado por los moros a orillas del río Arnoia, vendido como esclavo en el Toledo de las tres culturas, donde se forma como humanista, y reclutado por el rey Alfonso en su corte de Asturias para investigar la verdadera naturaleza de un túmulo funerario aparecido en un pueblo de Galicia… Por más que la historia de la tumba del apóstol Santiago sea archiconocida, Vázquez Taín la cuenta de un modo totalmente nuevo, prescindiendo de tanta hojarasca, más paleta que legendaria.
El princeps Alfonso no se fía de Teodomiro, obispo de Iria que ha tenido unas extrañas revelaciones. Alfonso no quiere jugarse el trono con falsas alarmas y Ero recibe el encargo real de investigar las tumbas misteriosas aparecidas en la aldea de Solovio [lo que hoy sería Compostela]. En la misión le acompaña su amante Bice, acusada de brujería por Teodomiro, y tres nigromantes hijos de Mahoma, viejos amigos de Ero en Toledo, doctos en medicina y arqueología.
Provistos de linternas de sebo, Ero, Bice y Hisham se adentran en los pasadizos secretos de las tumbas y de la historia. Son verdaderos detectives, una especie de CSI medieval: quizás son los personajes más logrados de la trama; en la pluma del escritor, aflora el juez y su sensata percepción de la realidad: “La verdad es una realidad poliédrica, irregular e inestable. Un juez de instrucción no debe buscar la verdad, porque no existe; debe nadar entre sensaciones y vivencias, construir un mosaico las más de las veces incompleto y en todo caso imperfecto, destinado a que otros lo desmonten”.
Esta cita de Taín resume la clave de bóveda del relato: la oposición entre Razón y Fe, entre Ciencia y Religión. Teodomiro es la fe ciega que tortura y decapita “brujas” y herejes, en nombre de Dios, la intransigencia y el odio al otro, al infiel. En el lado contrario, Ero es el forense, el indagador científico; su amistad con Bice y Hisham representa la convivencia de las tres culturas, cristianos, árabes y judíos, en Toledo, La ciudad del saber, en palabras del filósofo Aniceto Núñez.
Fiscales, policías y un deán atormentado
Ah, pero todo esto nos lo cuenta Vázquez Taín, y hete aquí que el autor rompe todos los moldes, intercalando capítulos autobiográficos, donde Toño, un joven tenaz y deportista, prepara oposiciones y las gana, y como premio o promesa se va a hacer el camino de Santiago, y sueña una historia, y años después es juez de instrucción, y le cae en sus manos el sumario de sus sueños. Si no supiéramos cómo ocurrió el robo real, estaríamos tentados de pensar que lo preparó el mismo Toño: “Si los hechos no fueron como Taín los cuenta, merecen haberlo sido”, en palabras de Ónega.
Con desenfado y humor, Toño mete en el ajo histórico al fiscal berciano Antonio Roma, al comisario, a los oficiales del juzgado, a la policía científica, al arzobispo de Santiago y a un anciano deán, atormentado, en el centro de todas las sospechas, cuyo perfil humano conmueve: “Es difícil afrontar la vejez para alguien que no cree tener defectos; es triste contemplar que uno ya sólo es una sombra de sí mismo. Porque yo no temo la muerte, temo el patetismo de una vida vulgar. La vejez es injusta por naturaleza. Sólo el que sabe vivir con dignidad, sabrá envejecer con honor y elegancia, y yo no estoy en ese caso”.
El libro, en fin, contiene reflexiones y pensamientos que dejan huella. El juez curtido en ver tantas miserias, levantamientos de cadáveres y autopsias, sabe que “vivir es una tarea muy difícil” y conoce la soledad y la tristeza: “¿Cómo arrancas de los ojos de una niña el terror tras haber sido violada? ¿cómo se puede hacer daño a un niño?”.
También la prensa y el revuelo mediático en torno al robo del Calixtino reciben las pullas de Toño Vázquez Taín: “En un rato tenemos aquí la caballería de plumillas”; “ya agobian bastante los medios como para darles carnaza”; “hemos creado un monstruo. Lo que publica la prensa, aunque sea mentira, para la gente de la calle es más cierto que la propia realidad”. Pero nada, amigos y amigas, ni un solo dato del sumario, ni un secreto, ni una insinuación sobre el inframundo de las catacumbas catedralicias, físicas y morales. El escritor de La Leyenda del Santo Oculto sabe que en el sumario tiene otra apasionante novela, otro best-seller. El Juez sabe que se llevará su secreto a la tumba.
Taín: “No hay nada del sumario en la novela”
Reseña en Revista de Castilla y León