por Valentín Carrera
Confieso mi agotamiento con el tema jacobeo. Quizás sea por vivir en Santiago de Compostela, por haber hecho la peregrinación parriba y pabajo a pie, en coche, con y sin hijas, con y sin cámaras de TV; o por saturación de tanto Xacobeo Fraga 93, Pelegrín Feijóo 99 y Año Santo Mariano 2010 [por fortuna, el próximo año santo no será hasta 2021].
Los eruditos jacobeos repiten entre sí los lugares comunes y los manuales de autoayuda, Paulo Coelho o Bucay, simplemente me dan repelús. Pero, la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida: ningún asunto está agotado y nada es viejo para la mirada nueva. Aparece el escritor berciano César Gavela, con su rotunda originalidad fronteriza, y escribe El Camino y otros pasos. Cuentos heterodoxos del Camino de Santiago, que te seduce y hechiza como solo puede hacerlo la buena literatura.
César es amigo: ahora puede el lector refutar mi juicio y buscar consuelo en brazos del crítico maduro; cada lector es muy dueño de sus errores, pero se perderá un libro que merece la pena, una obra inclasificable, reflexiva, certera, divertida, que se lee de un tirón y se disfruta en cada página. El punto de vista de El Camino y otros pasos es original, bien construido: es el libro del peregrino que me hubiera gustado escribir, junto al irrepetible ensayo iniciático Camino de Santiago, del filósofo Miguel Morey.
César Gavela destila cada vez con mayor precisión el licor de su estilo: el exilio valenciano le sienta bien, tal vez porque revisita con frecuencia las brumas del Noroeste y, además de berciano pata negra, es medio gallego y medio portugués. Su parentesco con Valle-Inclán y Cunqueiro es carnal, de Borges hereda la palabra exacta, aquilatada, pulida; de Antonio Pereira, los giros y finales sorprendentes. César Gavela en estado de gracia.
Peregrinos imposibles
El itinerario de El Camino y otros pasos se inicia en el alto de Ibañeta, donde el silencio se desploma y el peregrino ve la lápida de Fabián Cale, eterno en la memoria. En la etapa siguiente, el monje Brandán abandona la abadía de Roncesvalles al anochecer para abrazar a Damiana Ureta en el hayedo de Mendixuri.

Cada una de las noventa y dos huellas contiene un hallazgo. En Lintzoain, Amelia sueña que hace las etapas de dos en dos, de tres en tres…; en Pamplona, Bartolomé Deva le sirve un whisky a Hemingway; en Estella, Isauro descubre al caminante que “hay dos Compostelas porque hay dos vidas siempre en una”.
La historia de Carmelo, cicerone en Nájera, es un guiño al Cunqueiro de Escola de menciñeiros: el guía atribuye al rey íbero Argantonio el sepulcro de doña Blanca de Navarra:
“-Pues parece tumba de mujer –dijo una profesora que iba en el grupo y que era muy aficionada a la historia medieval.
–Argantonio gustaba de vestirse como las mujeres –estropeó todavía más su discurso Carmelo.”
En las páginas de Gavela, Burgos no es la patria de la morcilla, sino Nínive, ciudad invisible, en la que el peregrino, quizás el propio Italo Calvino, encuentra a la princesa Uslé que exhala “fuerte aroma de aloe y cinamomo”.
Compartamos alguna huella más con el lector, por ejemplo, esta Visita cultural:

“Lucía pasó dos días haciendo el amor en el hostal con un poeta que conoció al entrar en recepción. Fue lo único que supo de Burgos, pero le pareció más que suficiente.”
El encuentro Junto a la iglesia de Frómista es desternillante y propicia otro final que firmaría Pereira, pero no lo cuento: mejor que el lector lo halle en la página 68. En fin, paso a paso, el peregrino narrador va siguiendo el Camino Francés y entra en El Bierzo por la cruz de Ferro, donde le salen al encuentro “los muertos de la guerra”. En Riego, los maquis se aparecen como santa compaña cojeante y malherida. En Ponferrada, Felipe Foz entra en la cueva de la Mora y “un remero vestido con una cota de malla gris y un  peto rojo” le conduce en una larga navegación a bordo de la barca de Caronte. Quizás sea un destello autobiográfico que Gavela escoja asunto tan grave en su ciudad natal.
Un ángel en el Obradoiro
La vida y la muerte, la salvación y la perdición, el sexo y la risa, merodean todo el itinerario: “Una pareja se come a besos en la plaza del Obradoiro. Y yo paso, y soy ellos”. Y al llegar a Compostela, César Gavela se eleva y sueña, y escribe la mejor huella de sí mismo, tocado por la gracia de la sabiduría, “todo el que haga el Camino se convertirá en ángel”, para afirmar:
“Veo las últimas luces de la ciudad al fondo, tan pequeñas ya, y ahora ya no porque he cruzado la última barrera de nubes, los altos cirros del Atlántico que vienen de América, y todo es prado blanco y negro y una aurora celeste muy apagada por encima y ya no veo a ninguno de los ángeles que me rodeaban, ahora estoy solo, debo de haber muerto y soy feliz como los ángeles lo son, yendo de acá para allá, sin obligaciones mayores que volar y hacer el bien sin darme cuenta.”
En estos tiempos despistados y embarullados, debemos felicitar a Casa de Cartón y Tres rosas amarillas por esta edición conjunta de los cuentos hererodoxos de César Gavela, peregrino del alma, peregrino.