[por Valentín Carrera]
Una simpática apendicitis –estaba a punto de escribir “una maldita apendicitis”, pero quizás es tiempo de empezar a querer a nuestras enfermedades como a nosotros mismos-, tuvo la culpa de una lectura que no entraba en mis prioridades y que, de no haber sido por esos días de cama y reposo, hubiera quedado pendiente sine die.
Me refiero al best-seller Los hombres que no amaban a las mujeres, del sueco Stieg Larsson, publicado –no podía ser de otro modo- por una editorial llamada Destino. Como en la vida hay que seleccionar, cada uno es dueño y deudor de sus gustos, prejuicios y apriorismos: confieso que no es el tipo de libro que yo hubiera comprado jamás. Antes de entrar en materia, haré una segunda confesión, como autor, para que quede clara mi envidieja: me encantaría tener las ventas millonarias y el éxito mundial de Larsson. Los lectores no se equivocan. O sí.
En fin, una mano femenina –no podía ser de otro modo, Stieg Larsson, como aquí Millás, escribe solo para sus ojos cómplices-, puso el primer tomo de Millenium sobre la mesilla de la habitación 447/1 del CHUS. Seiscientas sesenta y cinco páginas de ¿reportaje, novela negra, documental, thriller, nuevo periodismo? Que le den por saco a los géneros literarios: hace tiempo que las obras que me interesan son inclasificables. ¿Dónde colocar a Borges: en la sección literatura hispano-americana o entre los filósofos visionarios? Germinal de Zola, ¿con los autores franceses o en sindicalismo? Tristes trópicos de Levy-Straus, ¿antropología o libro de viajes? He decidido seguir mi propio criterio: La muerte de Virgilio, en poesía; Nietzsche en la sección de religión, Darwin en viajes, Cervantes en periodismo. Stieg Larsson en la sección masonería, al lado del Código da Vinci y los templarios.
Los hombres que no amaban a las mujeres es una obra que se lee casi de un tirón, aunque innecesariamente larga. Las doscientas primeras páginas son prescindibles, pero el equivocado debo ser yo, porque hay dos tomos más de otras seiscientas páginas cada uno ya publicados, Millenium II y Millenium III, y la editorial amenaza con un cuarto inacabado. Además de larga, Los hombres que no amaban a las mujeres es una obra tramposa. Desconozco si el autor tenía un plan coherente en la cabeza –por lo demás, bien amueblada-, pero igual que en el Código da Vinci, va sacando ases de la manga según los necesita. Por ejemplo, el recurso a las citas bíblicas para dar a los asesinos nazis el perfil de secta satánica es facilón y poco creíble. Resulta truculento e innecesario. Por desgracia, se asesinan demasiadas mujeres cada día en cualquier parte del mundo por mera violencia, sin necesidad de pretextos bíblicos ni sectas retorcidas. La tragedia del maltrato a la mujer requería otra seriedad y menos truculencia.
La novela glorifica un periodismo de investigación utópico e inexistente, condena sin remisión a toda una poderosa familia ricachona y consagra como modelo a una joven lesbiana semidelincuente, personaje extraordinario, Lisbeth Salander, sin duda lo mejor de la novela (y también de la película, sí, también la he visto… después de).
Buenos muy buenos y malos muy malos
La familia Vanger es una estirpe de ricos propietarios e industriales, mal avenidos, avinagrados por sus vidas sórdidas, peleados por la herencia y que no se soportan entre sí. La extraña desaparición de la adolescente Harriet Vanger -¿rapto, suicidio, asesinato?- conduce al periodista Mikael Blomkvist a convertirse en detective de altos vuelos. De paso que averigua lo que le pasó a Harriet en 1966, ¡hace más de cuarenta años!, Blomkvist descubre que en la familia Vanger había de todo. Pero de todo, todito: nazis que odiaban a los judíos y más a las judías, sádicos carniceros con su propia cámara de los horrores en el sótano, padres y hermanos violadores de su hija y hermana, asesinos de prostitutas anónimas, desaparecidas sin dejar rastro.
La policía sueca, que no queda en muy buen lugar, en cuarenta años no detecta nada de esa sórdida trastienda de los Vanger: solo la sagacidad del periodista, ayudado por la detective Salander, nos revela por fin la verdad. Demasiado fácil, ¿no?, demasiado irreal. Larsson mezcla esta trama con una historia de periodismo de investigación: Blomkvist pisa los talones a un empresario corrupto, Wennerström, y acaba desplumándolo y suicidándolo. Todas las televisiones y periódicos se apuntan al escándalo y caen, como aves carroñeras, sobre el imperio derrumbado de Wennerström: ahora que no es poderoso, ni peligroso, vamos a decir de él todo lo que en realidad sabíamos todos hace tanto tiempo.
Y he aquí a donde quiero llegar: ¿cuál es el mensaje final de Larsson? ¿Dónde coloca sus límites morales? ¿Cuál es su propuesta ética? Porque, igual que otras de su especie, la novela es teológica, moralizante, divide el mundo en buenos muy buenos y malos muy malos. Sospecho que no es tan sencillo: el mundo no es así ni parecido.
El héroe de Larsson es el periodista Mikael Blomkvist, que se acuesta de vez en cuando con su socia/jefa Erika Berger, directora de la revista Millenium, con conocimiento del marido de Erika. También se acuesta con Cecilia Vanger –una de las sospechosas del asesinato-, pero eso sólo para avanzar en su investigación, gajes del oficio; y, por último, se acuesta con su colaboradora Lisbeth Salander, que es oficialmente lesbiana. Todo muy familiar.
La heroína de la novela –extraordinaria en la peli-, es Lis Salander: víctima de malos tratos que se toma la justicia por su mano (quema a su padre y casi ejecuta a un abogado violador, sádico, corrupto y asqueroso). La habilidad principal de Lis es violar el correo ajeno: como hacker entra en todos los ordenadores que se le ponen por delante y los saquea a gusto. Para ella no existen límites: no hay privacidad ni secreto de correspondencia, sus “víctimas” no tienen derecho a su intimidad. Ella vuelca sistemáticamente los ordenadores ajenos en su propio disco duro y con esa información funciona, chantajea, se venga, repara injusticias por su cuenta.
La conjunción de Blomkvist y Salander es terrible: semiperiodistas metidos a detectives, o al revés, que usan fuentes ilegales y violan la intimidad ajena y se vengan de sus enemigos personales. De paso, vengan también a las mujeres asesinadas, violadas y maltratadas por unos nazis dementes. El mensaje es doble: todo vale (y en Internet, más) y el fin justifica los medios.
No haré juicios morales; me interesan las preguntas y cada cual debe encontrar su propia respuesta. Mis preguntas son: ¿podemos considerar ético el periodismo de investigación de Blomkvist, basado en una venganza personal contra Wennerström?, ¿aprobamos los métodos de trabajo de Lis Salander, saqueando sin escrúpulos el correo ajeno?, ¿nos gustaría que lo hicieran con el nuestro, o a ella con el suyo?, ¿dónde acaba lo público y dónde empieza el derecho a la intimidad?, ¿prescindimos de la policía y del Estado de Derecho, y, siguiendo el método Larsson, practicamos todos la justicia por la mano?, y, por último, ¿cómo sobrevivir a Internet?
Pero, queridos lectores de Borges en El Bierzo, todos tranquilos. Por suerte para nosotros, todas estas cosas ocurren sólo en Hedestad, al norte de Suecia. Entre nosotros no hay ningún Vanger ni Wennerström. Los Botín, Conde, Martínez, González, están hechos de otra madera (iba a decir de otra pasta, pero quizás sea la misma pasta). Entre nosotros, en España, en El Bierzo, no hay violaciones ni empresarios corruptos. O quizás habría que sugerir a la editorial Destino una versión local de la novela de Larsson, cambiando Hedestad por Camponaraya, o Berlanga, es un decir, y los sonoros nombres suecos –Harald, Greger, Ingrid, Gunnar- por esos nombres que todos estáis pensando. Y leer, horrorizados, la verdadera historia de Los bercianos que no amaban a las mujeres.
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