* Tras el libro Rodanillo, Benito González publica La Villa de Losada y toma el pulso de nuevo a la historia cercana del Bierzo Alto

* Si cada pueblo del Bierzo tuviera un libro como estos de Rodanillo o Losada, tendríamos una inmensa y preciosa wikipedia berciana, una Larousse comarcal, una Enciclopedia Británica-bierzana.

Dicen los políticos, aunque mienten con frecuencia, que no hay dignidad mayor que ser alcalde de tu pueblo, pero yo no he visto a ninguno renunciar a ser ministro para ocupar la pedanía de Villaconejos. Sin embargo, conozco un ramillete de escritores e historiadores que apartan de sí las encumbradas tareas que roban el sueño a nuestros preclaros académicos y posan sus ojos sobre la humilde historia de “su pueblo”. En palabras de Bertolt Brecht, “estos son los imprescindibles”.

El Bierzo tiene su corona de autores que han escrito la vida y milagros de su pueblo. El bembibrense emérito Antonio Díaz Carro es ya un clásico con su Historia de Bembibre, Paco González dibujó y escribió un Toreno imperecedero; el franciscano Flórez Manjarín, su ingenuo y delicioso Compludo: pueblecito leonés con historia; Manuel García Anta su Santibáñez  y San Esteban del Toral; Andrés Viloria, el de Torre del Bierzo y mi amigo Tino, su libro sobre Fabero. Más reciente, Javier Prada plasmó el microcosmos de Villavieja en Sementeira (“cuando un topónimo muere, algo nuestro se muere”) y mi primo postizo Nicolás de la Carrera ha publicado el atractivo volumen Los Barrios: tres pueblos de leyenda y a punto de salir el de Molinaseca. Hay unos cuantos más.

A este ramillete de autores con libro y pueblo propio pertenece Benito González González [Rodanillo, 1941], que publicó en 2010 el exhaustivo estudio Rodanillo, un pueblo del Bierzo Alto. La nobleza de sangre de Benito quedó entonces probada en la ejecutoria de aquellas trescientas páginas de microhistoria amena, rigurosamente documentada, con tal lujo de detalles que el lector se deja llevar al señorío eclesiástico de la Edad Media o a los pleitos de hidalgos y pecheros, como si nos estuviera contando la vida de la familia, junto al fuego.

Segundas partes son buenas

Tres años después, tiempo precioso para una investigación solvente, Benito González vuelve a las andadas y nos regala esta obra que recomiendo: La villa de Losada. Su historia y sus gentes. Los cervantistas avezados desautorizan el refrán «nunca segundas partes fueron buenas», por ser mejor, la segunda parte del Quijote que la primera, según juicio que suscribo. También aquí se despista el refranero y La villa de Losada nada envidia en merecimientos a su libro hermano Rodanillo.

La villa de Losada colma cualquier expectativa de los losadeños o losadenses, basta conocer los nombres de sus siete arroyos [Paradilla, Balouta, Llunguera, Valdenuño, Valdegalén, Valdemolín y Llaforcado], para concluir que no quedará detalle, ya sea piedra, papel o tijera, sin remover por la infatigable curiosidad histórica de Benito González.

Al autor –de larga trayectoria profesional en dirección de importantes empresas nacionales-, se le nota la formación en Ciencias Económicas, que aflora en los capítulos dedicados a las instituciones y servidumbres del señorío y al amplio análisis del Catastro de la Ensenada. González dedica un anexo a las ingenuas y campechanas respuestas que dan los vecinos de Losada, reunidos en concejo, al cuestionario recogido por el regidor perpetuo de la villa de Ponferrada, comisionado ante aquella villa de Losada “el primer día de diciembre de mil setecientos cincuenta y un años”. Conocíamos de modo genérico la importancia de esta obra pionera de la ilustración, el Catastro del Marqués de la Ensenada, fundadora de la moderna sociología y estadística, pero viendo su concreta aplicación al acervo de un pueblo, tenemos la certeza de que fue herramienta de progreso en la España de finales del siglo XVIII y sigue siendo fuente de conocimiento hoy en día.

La villa de Losada traza el árbol genealógico de los Osorio y el marquesado de Astorga, que van y vienen a Italia, y emparentan en Sicilia con la misma facilidad con que hubieran podido hacerlo en Labaniego. Cuenta los pleitos y oficios, las rentas y trabajos, la vida cotidiana. Baste una cita: «Tenía en su casa [el párroco] a dos criadas, la una llamada Ángela, de 23 años, natural de Losada, destinada para la asistencia de la casa; y la otra, llamada Julia, menor de edad y natural de San Andrés de las Puentes, pastora de sus ganados menores. A Ángela le pagaba 110 reales; a Julia, 107 de soldada, en la que estaba incluida una cría lanar o cabría. Y a ambas les daba la precisa manutención de comida y bebida».

Apasionante también el largo pleito de Losada con Viñales por el uso de los montes Balouta, que acabó ventilándose ante la Chancillería de Valladolid (1641), donde Viñales ganó por goleada y de ello aún se duele Losada cuatro siglos después. O la historia del párroco don Leonardo, antes muerto que sencillo, que debió considerarse a sí mismo muy pecador, Dios le perdone, pues «dispuso que se aplicaran por su alma mil misas rezadas y siete votivas y se le hiciera entierro de primera clase con asistencia de catorce sacerdotes y cabo de año con ocho».

Triste fue, como ocurrió en otros muchos pueblos del Bierzo, la venta de imágenes y retablos, propiedad y patrimonio legal y moral del pueblo y de la parroquia, en fecha tan reciente como 1961, cuando algunos curas se convirtieron en saqueadores de los bienes parroquiales, con el placet de su obispado («en 1964 se llevaron a Astorga para su venta unos retablos…»). Así desaparecieron en Losada joyas «de las que no queda rastro», como escribe el historiador Voces Jolías.

Por todo este lujo de detalles curiosos, pero históricos, y por la importancia de conocer nuestra microhistoria, el libro La villa de Losada, su historia y sus gentes es una perla en esa corona de libros de «mi pueblo» que honran a su autor. Enhorabuena a Benito González González por regalar a sus vecinos de Losada y del Bierzo Alto, y a todo El Bierzo, esta enciclopedia losadiana, amena y entrañable.

Contaremos los días hasta el 29 de septiembre, ya las reinetas pañadas y las nueces esconchadas en el desván, y el mosto hirviendo en las bodegas, para acudir al San Miguelín y tomarnos un ponche de huevos y vino a la salud de los abuelos. Que no hay pueblo que sea patria chica, sino inmensa: patria y matria cuyo estudio y conocimiento ensancha las luminosas estancias de la dignidad y de la memoria.

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