Moratoria contra el cambio climático: Cemento Cero

Conduciendo en dirección equivocada, el neofascista Donald Trump ha realizado una gira por los territorios conquistados, a la manera de un emperador sin escrúpulos: el nuevo Gengis Trump. Un maleducado integral, que en cualquier colegio decente enviarían al rincón de pensar, presuntuoso, provocador, incendiario.

Su gira triunfal, poco diplomática, se resume en una venta de armas a Arabia Saudí por 110.000 millones de dólares, un rictus hipócrita en Jerusalén, un posado despreciativo con el papa Francisco (que debiera indignar a todos los católicos), y una orden a los países estos, tan civilizados, que formamos la OTAN para aumentar nuestros gastos en tanques, bombas, destrucción y muerte.

Nuestra sociedad tiene modelos dignos de imitación y respeto: Luther King, Nelson Mandela, Gandhi, cientos de premios Nobel o Princesa de Asturias que proclamamos como ejemplares. La Madre Teresa o Vicente Ferrer. Malala. Podemos sugerir a nuestros hijos e hijas leer sus biografías en la seguridad de que aprenderán algo bueno, sano, constructivo.

¿Qué les ofrece la vida del señor feudal Donald Trump? Una sensación próxima al vómito. Toda su impostura personal, matrimonial, sus malos modos, su trato despectivo, su imperialismo ignorante arrasa cualquier noción de civilización o cultura. Trump es una enmienda total a la democracia: ¿cómo es posible que semejante individuo haya llegado a la presidencia de Estados Unidos, al máximo poder mundial?

Una reflexión universal es necesaria. Asistí horrorizado a la elección de Trump estando en la Antártida; y su primera decisión, suprimir la oficina del cambio climático, nos dejó a todos, y a toda la comunidad científica internacional, estremecidos. El negacionismo peligroso y devastador: la Inquisición negó que la Tierra gira alrededor del Sol, lo que estuvo a punto de costarle la vida a Galileo; la iglesia anglicana, dogmática y obscena, negó la Teoría de la Evolución, burlándose del genio científico de Humboldt y Darwin; y ahora este ególatra niega el cambio climático.

También entre nosotros tenemos otros irresponsables, como don Marino Rajoy, otra enmienda doméstica a la democracia, que reducen la terrible realidad del cambio climático a la opinión de su primo o su cuñado. El cuñadismo de Trump, quien ha invadido la Casa Blanca con toda su parentela, causará estragos a muy corto plazo.

El cambio climático en todo el planeta es una evidencia científica que solo se puede negar desde la mala fe: los ecologistas llevamos años denunciándolo, con poco éxito. Cambio climático significa aumento de la temperatura (0,5 grados en 2050 según la ONU), debido al consumo desaforado de petróleo, a la deforestación, a la contaminación masiva del aire o del agua: ríos, lagos, mares, toda la circulación del agua está ya infectada; y los biólogos que trabajan en la Antártida han detectado en el cuerpo de los pingüinos restos de plomo, metales pesados y elementos radioactivos.

Los negacionistas —que están entre nosotros, muy cerca, a tu lado en la cafetería mojando los churros en el café— suelen decir: “Esas cosas pasan muy lejos, sois unos exagerados”. Y se encogen de hombros. Son los cuñados locales de Donald Trump: políticos que defienden chimeneas humeantes como signo de progreso, cortoplacistas que no ven más allá de sus narices, ni siquiera de una corta legislatura.

Por ejemplo: son incapaces de relacionar la devastación de nuestros bosques, incendiados, abandonados por autoridades insolventes, con el calentamiento global, como si eso no fuera con ellos. “¡Bah, cosas que ocurren!”, y encuentran siempre una disculpa en forma de cerilla. Para ellos y ellas, el Sol gira alrededor de la Tierra y de sus bolsillos.

Creacionistas, como los que pretendían linchar a Darwin, creen que la Naturaleza está ahí puesta por Dios, o por el ayuntamiento, sin asumir la cuota de responsabilidad que todos y cada uno de nosotros tenemos en su conservación, en la difícil, dificilísima conservación del equilibrio ecológico, de los delicados ecosistemas, de la irrepetible biodiversidad.

Llevamos decenios oyendo hablar de grandes infraestructuras (autopistas, AVEs, aeropuertos), mientras los pueblos y aldeas se deshabitan y mueren. Y los montes arden. Llevamos cincuenta años asfaltando y cementando el territorio solo porque es un buen negocio para unos pocos. Cada vez que una diputación riega una tonelada más de asfalto o de cemento en cualquier rincón —ahora en El Bierzo parece que toca asfaltar la Tebaida—, echa una palada de tierra en la tumba de la Vida, de la Naturaleza. Además de la moratoria nuclear y armamentística, urge proponer una moratoria Cemento Cero, Asfalto Cero: no necesitamos más pistas y carreteras, sino viejos senderos…

Cada vez que los cuñados de Trump en El Bierzo autorizan otra chimenea, un Cosmos, una Forestalia, envían una ráfaga de aire envenenado a nuestros pulmones. Yo sé que estas cosas les dan risa, y en su autosuficiencia, los cuñados de Trump se burlan de los pobrecitos ecologistas, como se reían de Galileo y Darwin. Pero, les guste o no, la Tierra se mueve alrededor del Sol y el cambio climático es una amenaza global. En la Antártida y en el Valle del Silencio. Asfalto Cero. Cemento Cero. ¡Arriba las ramas!

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