Ha fallecido mi amigo Pepe, el herrero de Noceda. Quizás quede alguno más de su quinta, pero Pepe representa el fin de una generación y de un oficio (que sigue practicándose de otro modo). Lo conocimos en la primavera de 1988, cuando Anxo Cabada Alvarez y yo llegamos a la puerta de su casa a caballo, empapados por la lluvia y su mujer nos acogió a la lumbre.

Estuve hace pocos meses en su casa de Noceda y, con sus achaques, conservaba aquella fortaleza mental y aquel carácter capaz de dominar a un caballo sobre tres patas.

Hoy se ha ido y quiero darle desde aquí nuestro último adiós, y recordarle tal como le conocimos: fuerte como un roble, amable y hospitalario. Quiero recordarle con las palabras que entonces, en 1988, escribí gracias a él en El Viaje del Vierzo:

El herrero de Noceda
Es inútil conjurar a la lluvia: el camino es un puro charco y los viajeros somos nubes andantes, centauros de agua, desafiando las leyes de la razón: los coches que pasan nos miran extrañados, como locos escapados de algún manicomio o extras de una película pobre.

Llegamos tan tarde y tan empapados a Noceda que la mujer de Pepe el Herrero se apiada de nosotros, y nos invita a pasar al calor de la cocina de hierro. Cuando llega Pepe, se detiene a inspeccionar los caballos. Les abre la boca y estudia los dientes, levanta los cascos y observa el estado de las herraduras, los acaricia, entre cariñoso y enérgico. Parecen viejos amigos.

En un pajar remozado, movemos un tractor a fuerza de brazos, para disponer un establo cómodo. Dorada bebe un caldero de agua, Gitana –siempre ansiosa– bebe dos, y Roque no tiene sed. Quizás presiente que mañana le toca pasar por el potro.

Cuando amanece, ya el hierro al rojo vivo se retuerce y se moldea en la fragua, maleable como plastilina, sobre el yunque que Pepe golpea con fuerza, con destreza, sin piedad.

El fuelle resopla, las ascuas brillan más que los tizones del infierno, y el hierro quiere derretirse en un beso líquido y ardiente, sobre la fragua.

Los caballeros desayunamos la parva de orujo, y leche ordeñada por la mujer de Pepe, pues la vaca recién parida no soporta la ordeñadora mecánica. Estamos plenos de energías, frescos como la mañana, dispuestos a aprender un oficio nuevo.

Pronto están dispuestas las herraduras de Roque. El pujavante va y viene sobre la pezuña renegrida, como una garlopa pelando virutas. Javier sujeta con fuerza las manos de Roque, para que Pepe pueda trabajar a gusto. Yo tengo cuenta de las riendas y la cabezada, para que no se mueva, y Anxo hace fotos.

El caballo se resiste, ejerce una terrible fuerza en la extremidad doblada, que le obliga a permanecer sobre tres patas, en precario equilibrio. El animal protesta y se defiende como puede, logra soltarse y amaga una coz.

Pepe –que ya está retirado y solo atiende a caballeros andantes–, domina el oficio, y cuando se cabrea prescinde de ayudas, sujeta él mismo una mano de Roque entre sus rodillas y coloca los clavos con tres golpes certeros.

Con las patas traseras, sin embargo, la cosa se complica:

— ¡Pórtate bien, Roque –le advierte Pepe–, mira que sé hacerlo de otra manera!

El caballo no quiere entender, se revuelve, cocea violento. Se ha puesto nervioso y tenso. Pepe recurre al chupete, un torniquete de madera que ajustado sobre los sensibles morros del caballo, le causa terrible dolor y le obliga a rendir su fuerza bruta. Con el chupete, Roque entra en razón y Pepe coloca las dos herraduras posteriores. Estamos listos para partir.